Reportaje: La segunda oportunidad de Walo

Por Catalina Ramos.

Eduardo “Walo” Frías es conductor del programa Rock & Ruedas en la Radio Futuro. Hace años que comenta sobre tuercas y entrega consejos mecánicos a sus radio escuchas. Pero, en 2013 las tuercas le jugaron una mala pasada y quedó parapléjico luego de sufrir un accidente en moto. Aquí, su historia de superación y cómo la vida le regaló una segunda oportunidad.

El 25 de mayo de 2013, Eduardo “Walo” Frías se preparaba para otro sábado más de motos. Junto a su buen amigo, Ítalo Cantele solían juntarse a practicar enduro dos veces al mes y ése sábado no sería una excepción. El reloj de la camioneta de Walo marcaba las 8:30 de la mañana y camino a la pista, conversaban sobre Nicola Dutto, piloto italiano de enduro que quedó parapléjico tras sufrir un accidente en moto en 2010. “Me acuerdo que íbamos hablando de lo fantástico que es él. Nos parecía increíble que pese a su condición nunca renunció a su pasión”, cuenta Ítalo. Dutto construyó una moto adaptada, con un asiento y un chasis especial logrando en 2012 competir en Baja Aragón, una competencia de rally que se realiza en España. Actualmente, es piloto oficial en la copa del mundo de Bajas, uno de los rallies más importantes luego del Dakar. La historia de Dutto tenía a Walo y a Ítalo asombrados. “¡Qué fantástico! La garra y el coraje que hay tener. Se pasó”, decían.

“Cuando llegamos a la pista, yo andaba en mi moto, una KTM 250 EXC, e Ítalo en una Yamaha WR250”, relata Walo. Ambos amigos levantaban polvo en el circuito Motopark ubicado en Colina. Ya llevaban tres vueltas a la pista, cuando Walo le propone a Ítalo intercambiar motos.“ Yo le había aconsejado que se comprara una moto similar a la mía y por eso, le su- gerí que nos cambiáramos”. Fue así, que decidieron probar la moto del otro, sin embargo existían diferencias entre los vehículos. “Yo estaba consciente de las diferencias de ambas motos. La Yamaha de Ítalo tenía una ciclística distinta a la mía. Se trataba de una moto mucho más lenta en sus reacciones debido al diseño de su chasis. Era una moto menos dócil”, explica Walo. De igual forma se cambiaron de moto. Walo montó la Yamaha y la KTM pasó a manos de Ítalo. Fue entonces que nuevamente iniciaron el trayecto por el circuito. Con Ítalo delante de Walo, ambos amigos disfrutaban de su mayor pasión.

Ítalo Cantele y Walo Frías en uno de los paseos que solían hacer. Fuente: Ítalo Cantele

“Llevábamos pocas vueltas a la pista y en una zona casi recta y a una velocidad relativamente rápida, me enfrento con una piedra en el camino. Era un obstáculo que estaba justo en la mitad, pero no generaba mayores inconvenientes para los pilotos. De hecho, existían dos trazos para esquivarla, uno por el lado izquierdo y otro por el derecho”, dice. Las veces an teriores, Walo no había tenido problemas al pasar tal roca, pero esta vez no conducía su moto. “Cuando me enfrento a la piedra quiero pasarla por el lado derecho, muevo la moto y ésta no reacciona. No me da el tiempo suficiente para esquivar la piedra y me caigo”.

A toda velocidad, Walo sale disparado de la Yamaha y golpea su cabeza contra una elevación del terreno. Una vez que cae, pasan unas décimas de segundo y escucha un crujido en su espalda. “Es el mismo ruido que se oye al tomar dos ramas gruesas y romperlas”. Pronto, se le viene a la mente una conversación que había sostenido con Carlo de Gavardo, piloto de motociclismo y automovilismo fallecido hace casi un año. “En una ocasión, pensé que me había cortado un ligamento andando en moto. Le consulté a De Gavardo, que sabía lo que era cortarse los ligamentos -había sufrido el corte en sus dos piernas”. En esa oportunidad, de Gavardo le preguntó si acaso había sentido un crujido, a lo que Frías le contestó que no. “Entonces no te los cortaste”, le aseguró. Esta vez, al oír su espalda crujir, Walo tuvo la certeza que se trataba de algo grave. “En ese minuto, supe que me había quebrado la columna vertebral”, confiesa.

Lo ocurrido con la médula espinal de Walo es un tipo de accidente que los doctores denominan el “latigazo del escorpión”. Al golpear su cabeza contra el terreno, su cuerpo no logra absorber la energía del impacto. Esto hace que se produzca una colisión en seco y que sus piernas se alcen a la altura de la cabeza. Un accidente que se asimila a la forma que toman los escorpiones al defenderse con su aguijón.

Tendido sobre su estómago y completamente solo, Walo se da cuenta que no puede mover las piernas. “El dolor es súper fuerte. Es como si me hubiesen atravesado la espalda con un chuzo caliente. Lo primero que hago es respirar profundamente y cuando me doy cuenta que respiro normal, me relajo un poco”. Luego de un rato, Ítalo, quien iba delante de Walo y que no se había percatado de su caída, regresa a ver qué había pasado con él. “A lo lejos veo la moto botada y a Walo tirado en el suelo”. Se acerca a él y le pregunta si está bien, a lo que Walo contesta: “estoy pa’ la cagada.” Sin dimensionar la gravedad de la caída, Ítalo le dice que se pare para sacudirse. En ese minuto Walo le dice a su amigo que no puede pararse. A Ítalo se le desconfigura la cara y en su mente retumban las palabras: “no puede ser.”

Entendiendo que se trata de algo grave, deciden pedir ayuda. Walo le dice a Ítalo que saque el celular que llevaba en su banano y que llame al doctor José Miguel Zabala, traumatólogo que hasta la fecha es el encargado de velar por la salud de los pilotos del Rally Mobil. El doctor enseguida les confirma que un helicóptero de rescate va de inmediato a buscar a Walo.

Mientras esperan se forma un círculo consternado de gente alrededor del accidentado. Pilotos que estaban corriendo e incluso el mismo administrador del circuito, se acercan para auxiliarlo. Pero no se podía hacer mucho más que esperar la asistencia. “La espera se hizo eterna”, recuerda Walo. Los minutos pasaban y el helicóptero no llegaba. Tendido en el suelo boca abajo, Walo escuchaba la conversación telefónica que sostenía uno de los sujetos con el equipo del helicóptero. “Le decía las coordenadas exactas del lugar a través de su GPS. Escuchábamos el ruido del helicóptero y por teléfono le gritábamos que era más a la izquierda”. Pasaron treinta minutos hasta que finalmente el helicóptero aterrizó sobre la pista de Motopark.

El paramédico realiza una serie de pruebas para revisar si existía sensibilidad en las piernas de Walo. Peñisca con fuerza su muslo y le pregunta si siente algo. “Me acuerdo que el paramédico lo hizo tan fuerte que parecía como si le quisiera sacar un pedazo de pellejo”, cuenta Ítalo. Walo ni se inmuta y confuso consulta: “¿tendría que sentir algo?” Todos se llevan la mano a la boca.

Entre varios, dan vuelta a Walo con cuidado, lo suben a la camilla y lo montan en el helicóptero. De inmediato, el helicóptero emprende vuelo a la Clínica Santa María. A la distancia, Ítalo ve cómo se aleja. “Al ver esa escena me puse a llorar. Me convertí en un mar de lágrimas”. Con sus antiparras empañadas, levanta la moto que quedó tumbada en el suelo, la sube a la camioneta y se marcha del lugar. Al poco rato, Ítalo llega a su casa, se da una ducha y llama a la ex señora de Walo para contarle lo que había pasado. Con una que otra lágrima destilando por su mejilla, se dirige a la Clínica Santa María a ver a su amigo, a su mejor amigo.

 

TODO GIRA EN TORNO A TUERCAS

Eduardo “Walo” Frías siempre vibró con las tuercas. A los 10 años se devoraba las revistas sobre motos y a los 12, salpicado en aceite, ya desarmaba su propia moto. En plena adolescencia, junto a Ítalo, quien era su compañero de colegio y amigo de barrio, arreglaban sus motocicletas y las corrían todo el día. Nunca dejó de dibujar motos y autos en un block. Su obsesión era tal, que sus más cercanos reconocen que Walo nunca se destacó en el colegio porque su afán por las dos ruedas siempre fue mayor. Estudió mecánica automotriz en el Inacap. Para entrar recurrió al contacto de un amigo, porque su resultado en la Prueba de Aptitud Académica fue, como él denomina, “pésimo”. Pero, de fierros y tuercas, él sí sabía y en los primeros meses en la escuela se encargó del trabajo en los talleres del instituto. A mediados de los ochenta, su hermano mayor, que vivía en Estados Unidos, le envió un casete con un programa de radio de unos motoqueros que conversaban sobre tuercas y entregaban consejos mecánicos. “Tú deberías hacer esto en Chile”, le sugirió su hermano. A Walo le gustó la idea, se acercó a una radio, pero no tuvo éxito.

En 1995 la oportunidad finalmente llegó. La hermana de Walo trabajaba con Fernando Paulsen en el canal La Red y el periodista recién se había comprado una moto y ¡quién mejor para arreglársela que el Walo! Un día conversando, Paulsen le dijo: ‘Tú sabes harto de autos y motos, pero además hablas bien, ¿por qué no formas parte de mi programa de radio?”. Así nació el Informe Tuerca, en el que Walo resolvía dudas mecánicas de los auditores. Más tarde, conformó el programa Rock&Ruedas de la Radio Futuro, en el que comenta sobre autos, conductas viales e intenta solucionar problemas mecánicos de los radioescuchas. Hasta el día de hoy, ese es el trabajo de Walo.

EL AMOR A SUS RADIOESCUCHAS

Tan importante es para él la radio, que cuando tuvo el accidente, desde una cama en la unidad de tratamientos intensivos, su mayor deseo era comunicarle a sus seguidores que estaba vivo. Había mucha especulación de la prensa. “Llevaba tres días en la UTI y le propuse a la Radio Futuro que me sacaran al aire. Sólo quería que la gente supiera que estaba bien”. Fue así que coordinaron un enlace telefónico a la hora que a Walo más le acomodaba. Estaba todo listo. Tendido sobre la cama de la Clínica Santa María, esperaba en línea para hablar cuando de pronto ingresa un doctor que Walo no conocía y le ordena que corte el teléfono. “El doctor me gritaba que no podía usar el teléfono porque según él, existía un protocolo de la clínica que prohíbe que el paciente entregue información sobre su estado de salud porque si estás en la UTI es porque estás vulnerable a cualquier cosa”. Walo desconocía la norma hasta ese minuto y se rehusaba a colgar el teléfono. “Compadre, estoy a punto de salir al aire. No puedo cortar”, le insistía. Walo, que incluso se enderezó en la cama para en- frentarse al doctor, relata que la pelea se puso heavy.

“Él actúo muy mal. Incluso se refirió a mi condición en forma despectiva y no entiendo como un doctor puede hacer eso conociendo tu estado”. En plena discusión llegó un amigo de Walo que justo venía a verlo.

“¡Qué bueno encontrarte así! Sigues siendo el mismo de siempre”- le dijo al abrazarlo.

Finalmente, el doctor se dio cuenta que sería inútil conseguir que Walo le hiciera caso y se retiró. Cuento corto: Walo salió al aire desde su cama en la UTI y, como él dice, tranquilizó a su gente.

“AHORA NOS TOCARÁ A NOSOTROS”

Luego de que el equipo médico subió a Walo al helicóptero, éste emprendió vuelo de inmediato a la Clínica Santa María. Una vez que aterrizó, los doctores lo ingresaron a pabellón para operar su columna vertebral.

Mientras la cirugía se llevaba a cabo, los dos hijos de Walo, Josefina y Andrés iban a enterarse recién del accidente de su padre. “Estábamos esperando a mi papá porque habíamos quedado en tomar once, pero no llegaba y no habíamos sabido de él en todo el día”, cuenta Josefina. En eso, Ítalo llama a Claudia, la ex señora de Walo y mamá de Josefina y Andrés. “Me acuerdo que me estaba preguntando dónde podía estar y justo Ítalo llamó a mi mamá. Nos dijo: vénganse al tiro a la clínica porque Walo tuvo un accidente”. Josefina relata que cuando llegaron a la clínica, Ítalo los recibió en estado de shock. “Nos dijeron que a nuestro papá se le había quebrado la columna. Yo traté de calmarme y escuchar a los doctores. Mi mamá estaba muy exaltada”. La operación seguía en curso. “Como la cirugía duró horas, no nos quedó más que esperar y no vimos a nuestro papá hasta el día siguiente”, cuenta Andrés.

Una vez que terminó la cirugía, que consistió en implantar placas, clavos y tornillos de titanio en la columna de Walo para fijarla, el doctor le reveló su diagnóstico.

– Walo, te tengo que decir que no vas a poder caminar de nuevo – dijo el médico.

– Lo sé doctor. Lo supe el minuto en que me accidenté- respondió Walo. No hubo llanto. No hubo lamento.

Al día siguiente, Josefina y Andrés pudieron recién ver a su papá. Tendido sobre la cama y sedado para suplir el dolor, Walo besó a sus hijos.

-Perdónenme. Yo no quiero ser una carga para ustedes – les dijo.

-Tu nos has cuidado a nosotros todo este tiempo. Ahora, nos toca a nosotros – le respondió Josefina sosteniendo la mano de su papá.

LAS ÚNICAS LÁGRIMAS DE WALO

Desde ese día Josefina y Andrés cumplieron su palabra. Al mes del accidente, Walo salió de la UTI y fue derivado al Centro Los Coigües, donde inició un programa de rehabilitación. Los niños acompañaron a su papá en todo el proceso. “Nosotros lo ayudamos lo más que pudimos,” cuenta Andrés. “Estábamos ahí cuando hacía ejercicios con los kinesiólogos, entre otras cosas”.

En una de esas rutinas de ejercicio, el hijo menor de Walo dimensionó lo que realmente significaba la condición de su papá. “Estábamos en el centro de rehabilitación y teníamos que levantarlo para pasarlo a su silla. Entonces, me acuerdo que levanté las piernas de mi papá y ahí me di cuenta en verdad por lo que él estaba pasando. Levantar sus piernas era como levantar peso muerto. Sentir eso fue muy fuerte”, relata Andrés.

“Esa ha sido la única vez que he llorado en todo el proceso”, confiesa Walo. “Todavía recuerdo esa escena: ver a mi hijo con los ojos llorosos sosteniendo mis piernas y dándose cuenta que no tenía sensibilidad”.

Más que la pena, la admiración es lo que predomina en el discurso de los hijos de Walo. “Yo encuentro que mi papá lo enfrentó con madurez. A sus 53 años, estoy segura que otros en la misma situación habrían tomado una actitud como la que toman los niños: ponerse a llorar sobre la leche derramada. Mi papá es distinto”, dice Josefina con una sonrisa. Sentado a un costado de ella, Andrés asiente y agrega: “Mi viejo siempre ha sido fuerte. Yo a mi papá lo veía como un ídolo y lo sigo viendo así”.

A PABELLÓN UNA VEZ MÁS

Luego de un año de la operación a la columna vertebral de Walo, algo salió mal. Uno de los procedimientos que le hicieron en la Clínica Santa María el día de su accidente, consistía en implementar material de osteosíntesis. En palabras sencillas, se instalaron placas, clavos y tornillos de titanio en su columna vertebral para fijarla tras la fractura. Sin embargo, luego de un año con los elementos en su espalda, Walo comenzó a quejarse. “Sentía dolor y mucha incomodidad. De inmediato, consulté al médico para saber qué ocurría. Ahí, nos dimos cuenta que de los 12 pernos que tenía, 11 estaban sueltos”, dice Walo. “Yo le vi la espalda un día y tenía la punta de los fierros hacia afuera. Era como si saliese un cachito y tenía la piel muy abultada”, recuerda Andrés.

Entonces, por segunda vez, Walo entró a pabellón e implicó una nueva rehabilitación.

Los clavos y tornillos que implantaron en la columna vertebral de Walo. Fuente: Walo Frías.

“EL PSICÓLOGO NO LO NECESITO YO”

En la Clínica Los Coigües, donde Walo se rehabilitó, los doctores y sus amigos se dieron cuenta que la fortaleza de Walo iba más allá de lo común.

Hace casi 50 años, la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross definió el duelo como un proceso por el cual la gente lidia con una tragedia y describió las cinco etapas de todo duelo. La primera fase, la denominó “negación”, la cual da paso a la segunda etapa en la que el individuo experimenta ira u odio. Luego, viene la “negociación”, etapa en la cual la persona tiene la esperanza de mejora. La depresión es la penúltima etapa del proceso de duelo y finalmente, la aceptación es el último paso ante una tragedia. Los psicólogos que trataron a Walo confiesan que él se saltó las primeras cuatro etapas, es decir, aceptó desde un comienzo su condición. Prácticamente no hizo duelo.

En una oportunidad, Ítalo cuenta que le llegó a preocupar la reacción tan positiva de Walo. “Me parecía raro que no llorara, que no se deprimiera. Por eso, le sugerí muchas veces que yo lo acompañaba al psicólogo.” Finalmente, Walo aceptó y ambos participaron de una consulta con el terapeuta del centro de rehabilitación. Llevaban treinta minutos de sesión cuando Walo le dijo al doctor: “yo le rogaría a usted que dadas las condiciones de mi amigo, que está súper afectado por mi accidente, lo siga atendiendo.” Les sonrió, se dio media vuelta en su silla de ruedas y se fue a tomar té. Ítalo comprendió que no todos enfrentan las adversidades de la misma forma. “Siempre supe que tenía a un súper amigo, pero ahí me di cuenta que ¡Walo es un verdadero ejemplo!”

NO HAY CULPABLES

Cuando Walo tenía cinco años perdió a su padre en una lucha contra el cáncer. “Cuando un niño pierde a su papá, no hay consciencia de la muerte”. Frustrado, Walo pedía verlo, pero la respuesta que obtenía era: “tu papá está muerto.” No entendió lo que realmente significaba la pérdida de su padre hasta los 10 años. “Ahí fue cuando tomé conciencia de lo que había pasado y culpé a Dios, lo negué.”

Hoy, sentado en su silla de ruedas, Walo relata el hito que cambió ese odio para siempre. “En el año 80, me cambiaron de colegio al Patrocinio San José. Estaba en segundo medio y en una clase de historia no dejábamos de molestar al profesor.” Gritos y risas saturaban la sala y el profesor se llegaba a tomar la cabeza de desesperación. “En un minuto me cambié de asiento a uno que estaba más adelante y cuando sonó el timbre me paré para salir. El profesor me tomó con fuerza el brazo y yo le tomé la mano con la misma fuerza también”. Muy molesto el profesor le dice: “la clase no ha terminado. Ustedes no me han dejado enseñar”. “El profesor salió frustrado del salón. Walo quedó pensativo. “Algo me produjo esa situación y empezó a dar vuelta en mi cabeza la necesidad de hablar con el profesor. Entonces, en la clase de orientación le dije a la profesora que necesitaba ir al baño. Obviamente no era eso, quería ir a buscar al profesor”. Al salir de la sala, Walo se encontró con él sentado solo en el patio. Se acercó y le dijo: “Señor, quería hablar con usted. Le quiero pedir disculpas porque entiendo por lo que está pasando y me siento culpable. No lo dejé hacer su clase y me siento mal por eso”. El profesor lo queda mirando y le contesta: “Muchas gracias. Esto no lo hacen todos los alumnos. Yo también te pido disculpas por haberte tomado el brazo de esa forma”. Walo le regaló una sonrisa.

“Fue un momento bonito, pero no se acabo ahí. Tenía la sensación de que algo estaba pasando dentro de mí”. Esa tarde, después de clases, Walo sintió algo que no había sentido en años. Sintió ganas de ir a la iglesia. “Algo me impulsó a ir”.

Con su mochila al hombro, se dirigió a la iglesia del colegio. Al entrar al templo, se persignó y visualizó a Cristo sobre un pedestal. “Me acerqué a Él. Hincado frente a Jesús sentí que Él posó su mano sobre mí. Fue muy fuerte.”
Desde ese día, Walo reconoce que su fe dio un giro en 180 grados. Y hoy, incluso tras quedar parapléjico, confiesa que no volvió a sentir rencor contra Dios. “Mucha gente le echa la culpa a Él cuando pasa por problemas. Yo lo hice cuando murió mi papá, pero al quedar sin poder caminar de por vida no me enojé con Él porque entendí que fue algo fortuito, fue un accidente,” dice. “No hay culpables. A veces es difícil entenderlo, pero de verdad que no hay culpables.”

Sentados en la cocina de su casa, Walo lee un artículo de Baruch de Spinoza, filósofo del siglo XVII, que escribió lo que él cree que Dios querría para el hombre. A todo pulmón, Walo lee en voz alta:

Dios hubiera dicho: Deja ya de estar rezando y ¡dándote golpes en el pecho!
Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida.
Quiero que goces, que cantes, que te diviertas y que disfrutes de todo lo que he hecho para ti.

Sus palabras son ecos en la casa.

Yo te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias… de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres, si yo soy el que te hice? ¿Crees que podría yo crear un lugar para quemar a todos mis hijos que se porten mal, por el resto de la eternidad? ¿Qué clase de dios puede hacer eso?

Walo lee con más fuerza.

Amado mío, esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso en el camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.
Te he hecho absolutamente libre, no hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes, nadie lleva un marcador, nadie lleva un registro. Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

Walo acaricia sutilmente su silla de ruedas.

Lo único seguro es que estás aquí, que estás vivo, que este mundo está lleno de maravillas. ¿Para qué necesitas más milagros? ¿Para qué tantas explicaciones?
No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame dentro… ahí estoy, latiendo en ti.”

“Yo creo en todo eso. Esa es mi filosofía de vida”, confiesa. Hoy, Walo siente que Dios es su aliado a diferencia de lo que sentía en otras etapas de su vida. “Es una fuerza importante para mí y me enorgullece”.

EL BAILE PARA WALO

En su casa en La Reina, Walo conserva una vitrina con recuerdos. Tras el cristal, hay fotografías con amigos y una colección de autos clásicos en miniatura. Pero, sin duda, lo que más atesora son sus motocicletas a escala. No hay rincón que no evoque el amor que Walo tiene por las motos.

En el living, un mueble saturado de revistas sobre motociclismo tienta el hojeo. A un costado, en su silla de ruedas, Walo viste un polerón de Mototemáticos, programa de televisión conducido por el fallecido motociclista Ricardo “Ricky” Godoy. Concentrado en su computador, ve un video de hace cinco años cuando bailaba. En el centro del escenario un haz de luz desciende sobre Walo, quien de espalda al público, baila al ritmo de “Feeling Good” (“Sintiéndome bien”) de Michael Bublé. Sus ojos no se despegan de la pantalla. Al más puro estilo de Michael Jackson, se desliza por el escenario haciendo el famoso moonwalk. Walo sonrié. “Eso es algo que extraño”, dice. “Echo de menos bailar, sentir los pies”.

De todas formas, Walo reconoce que hoy no existe impedimento a la hora de bailar especialmente con su hija -con la que baila desde que era pequeña. “Cuando estaba en tercero medio, todos en el curso tenían que bailar con sus papás para fiestas patrias. Y había pasado el accidente de mi papá hace poco más de un año y yo me preguntaba ¿cómo lo iba hacer?”, cuenta Josefina. “Él obviamente aceptó bailar conmigo y tuvimos que prepararnos. Tomamos clases, practicamos mucho y mi papá se consiguió un traje de huaso”.

Cuando llegó el gran día, Josefina y su papá eligieron bailar en primera fila. “Me acuerdo que empezó a salir todo mal. Mi papá nunca había sido torpe para bailar”, recuerda Josefina entre risas. “Y eso hizo que durante el baile, me pusiera a llorar. Era un sentimiento amargo. Me dio pena pensar cómo hubiese sido si mi papá se pudiese parar”, dice. “Igual le doy las gracias porque me acompañó ese día”.

 

UN ALMA OPTIMISTA EN LA CASA

En Chile hay 2.606.914 personas con discapacidad según el Segundo Estudio Nacional de Discapacidad realizado en 2015. 41,2% de ellas cuenta con la asistencia de otras personas para realizar sus actividades básicas. Walo es uno de ellos. Él tiene a Helena.

Helena Rodríguez es una enfermera colombiana nacida en Baranquilla y erradicada en Chile. “Conocí a Walo en la Clínica Santa María y desde ahí hemos sido inseparables”, cuenta Helena.

“Yo sabía que iba a necesitar enfermeras y me encargué de elegirlas con pinza”, dice Walo. “Las cosas negativas no te ayudan en nada y por eso, elegí a las enfermeras que me hicieran sentir positivo. Helena fue una de ellas. Su espíritu me eleva y eso es todo lo que necesito”.

Ambos se miran y sonríen. “Yo he trabajado con otros pacientes y sé que suelen pasar por depresiones. ¡La reincorporación de Walo fue impresionante!”, relata Helena. “Yo no soy la única que ayuda aquí. Él también me ha ayudado a mí porque me ha enseñado a ver la vida de otra forma”.

Walo Y Helena. Fotografía: Catalina Ramos.

WALO HOY

Actualmente, Walo vive en su casa en La Reina. La calle donde vive está en el Pasaje Piedra Feliz –una paradoja más en toda esta historia.

Walo cuenta con el apoyo de cuatro enfermeras que lo cuidan día y noche. Helena siempre está ahí. Sus hijos, Josefina y Andrés lo visitan frecuentemente. Algunas veces, cuando las enfermeras no pueden cuidar de Walo, Andrés lo acompaña por las noches.

Hace un tiempo, Walo requería de ayuda para subirse al auto que adaptó para manejar. “Como vivo cerca de mi papá, me iba en bici hasta su casa sólo para levantarlo de la silla de ruedas y subirlo al auto. Hoy, ya no necesita ayuda porque se sube solo”, dice Andrés con orgullo.

Ítalo y Walo son amigos hasta hoy. “Ya no puede acompañarme a paseos al cerro en moto, pero le mando fotos y siempre salimos a comer”, cuenta Ítalo.

Antes de despedirse, Walo va hasta la entrada. Sus manos impulsan las ruedas de su silla. Abre un cajón en el mueble. En su interior hay pernos, placas y tornillos de titanio, todas piezas que guarda desde que se las retiraron de su columna. “Los fierros que me saqué de la espalda simbolizan que por más que uno esté desconectado de su cuerpo, uno igual siente cosas. Yo sentía que algo estaba mal y mi perseverancia llevó a que los doctores me los sacaran”, dice Walo sosteniendo los pernos como si se trataran de juguetes. “Toda la vida he manipulado fierros… ¡un fierro más!”, bromea. Walo sabe que no podrá volver a caminar, pero su tesoro de pernos flúor le recuerdan día a día lo que ha sido su historia de superación y los exhibe con orgullo. Walo los guarda y empuja la gaveta de madera. Se cierra el cajón.

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